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domingo, 3 de julio de 2011

Silencio.

El silencio inunda la habitación. Juegas con las sábanas, te arropas y te vuelves a desarropar. Te encuentras cansada del ajetreo del día, pero no tienes sueño. Coges aire y lo expulsas. Cierras los ojos y dejas que tu mente camine por tus recuerdos, entonces abres los ojos rapidamente, tus últimos recuerdos no son muy buenos. Una ligera lágrima cae debilmente por tu mejilla. Pones la mente en blanco y te concentras en la puerta del balcón que has dejado abierta. La suave brisa que hace que se muevan las hojas de los árboles se cuela por la ventana y hace que los visillos de las cortinas bailen una danza sin música, pero perfecta, de ágiles pero frágiles movimientos que en ocasiones son bravos y poderosos movimientos que terminan con un sutil latigazo. Silencio. Agudizas tus oidos y reconoces al grilla que canta todas las noches, su canción acompaña al dulce movimiento de las cortinas. Sonries. Te das cuenta de que algunas pequeñas e insignificantes cosas son maravillosas como la brisa, el grillo o el dulce silencio de la noche... Te secas las lágrimas, respiras profundamente de nuevo, escuchas, te relajas... Piensas que esta es las mejor parte del día, por unos minutos eres inmensamente feliz... Entonces cierras los ojos, sonries y tus respiraciones cada vez son más relajadas y calmadas, y te duermes en aquel maravilloso silencio que inunda la habitación.

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